
Es una obviedad que el conflicto del subterráneo tiene una dinámica propia, que se ancla en la relación entre el gobierno y la CGT (clave para el primero), en una doctrina cada vez más desmentida por la realidad del sindicato único por rama y en la crisis de parte del gremialismo histórico. No es, del mismo modo que el conflicto de Kraft, parte de ninguna movida destituyente. El tema no pasa por los conflictos en sí sino por los escenarios que se montan sobre ellos.
Quedarse en casa mirando la tele fue ayer mucho más estresante que circular por las calles de Buenos Aires.
La cobertura histérica de los canales de noticias registra pocos precedentes. Es natural que los medios reflejen casi como único tema, sobre todo la TV cuando se producen permanentemente imágenes aptas para su emisión, un episodio de gran resonancia. Lo de ayer, en cambio, llamó la atención: era un simple paro, un conflicto intersindical (ni siquiera salarial) y solamente había más autos en la calle y colectivos más llenos. Avisada, la gente se lo tomaba con calma. Verdadero tránsito lento de imágenes.
Si las coberturas no se comprendían en su intensidad, tono y duración, tampoco en sus elementos semiológicos. Pantalla partida, se mostraba el tránsito bajo el título “Así está Buenos Aires”; el problema es que lo que las cámaras captaban en la 9 de Julio o en Paseo Colón era un flujo de autos razonablemente fluido. ¿Qué se estaba mostrando entonces?
La transmisión sólo se interrumpía para dar cuenta de la “humillación” de la gente que hacía cola a las puertas de las sedes de la ANSES. Vecinas con los ojos llenos de lágrimas llevaban bolsas con cartones de leche para los niños, para reparar la injusticia que se les infligía, sin reparar en que el fondo de la cuestión pasa por la desprolijidad inevitable de implementar un plan de ingresos masivo, revolucionario y destinado a incorporar a millones de personas a la sociedad.
Hemos descubierto una vocación muy marcada de los grandes medios por los pobres. Recordémosla para reclamarla en el futuro.
Un día antes, el lunes, una agencia noticiosa de Santa Cruz informó que los Kirchner se habían hecho llevar los diarios en un avión de la flota presidencial a El Calafate, con total desprecio por el costo que eso suponía para los contribuyentes. Nadie está libre del disparate, y si así fueron las cosas sólo merecen repudio, pero la versión no parece verosímil. En cualquier caso, lo que llamó la atención fue cómo conductores radiales de prosapia progresista preguntaban a sus oyentes a modo de consigna “si piensan que eso es cierto o no”. Previsible: los oyentes de esa radio furiosamente anti K respondían casi a coro que “los Kirchner son capaces de eso y de mucho más”. ¿Qué clase de periodismo es ése? Se supone que el periodista debe informar, chequear si tiene dudas antes de difundir una noticia, no preguntarle a la gente sus sensaciones sobre un hecho que, un rato después, el propio conductor calificó como poco convincente.
Mientras, si los grandes medios se hicieron socialistas en su sensibilidad por los pobres, su gran cámara continental, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) descubre las bondades de la democracia y la libertad de expresión. En buena hora. Lo lamentable es que la opinión de medios perjudicados por la sanción de leyes antimonopólicas no sea exhibida como una postura esperable sino como un juicio neutral.
Hace un año y medio se discutía si la Mesa de Enlace era o no destituyente. El mal clima permea hoy a otros sectores del empresariado, a parte de la prensa y a amplios sectores de la población cuya conversión a la democracia no sólo ha sido tardía sino que ahora se prueba incierta.
Cabe preguntarse cómo llegó el gobierno a este estado de cosas, a ser acusado de fomentar la crispación justamente por quienes han convertido la política es un escenario de guerra. Se dirá con razón que ha tocado demasiados intereses (grandes productores agropecuarios, casas matrices de empresas privatizadas, tenedores de títulos de la deuda, Iglesia, medios de comunicación concentrados… y siguen las firmas). Es cierto también que ha cometido errores gruesos, con el manejo inicial de la crisis con el campo como hecho fundante y emblemático de la administración de Cristina Kirchner. También que pudo y debió ser más dialoguista y republicano, que no debió quedar enredado en los manejos de figuras como Ricardo Jaime o Guillermo Moreno (bien distintas entre sí, pero igualmente polémicas), o en hechos nunca aclarados debidamente como Skanska, la valija de Antonini Wilson o el crecimiento del patrimonio presidencial. El INDEC (y la elevada inflación que complica la lucha contra la pobreza como su contracara) es otra mácula grande, qué duda cabe. Pero también es verdad que ha hecho mucho por la capacidad de consumo de la clase media que hoy en buena medida le da la espalda, que manejó aceptablemente la crisis internacional, que ha hecho muy fuerte inversión social, que ha generado alto crecimiento y creado millones de empleos, que terminó con la farsa de las AFJP, que elaboró una buena ley de medios, que tuvo una excelente política de derechos humanos, que acaba de imponer el logro histórico de un ingreso universal para la niñez… Buenas y malas, como en la vida.
El alabado Lula da Silva ha tenido escándalos peores que los citados, que se va con una popularidad récord. Michelle Bachelet empezó muy mal, pero torció el rumbo y hoy es aclamada. Tabaré Vázquez, con sus más y sus menos, parece un indiscutible. Repito (y completo) la pregunta: si este gobierno ha tenido claros y oscuros como todos, ¿por qué tiene niveles de popularidad (expuestos el 28-J) tanto más bajos que sus contrapartes de la región? Y más, ¿por qué el rechazo es tan implacablemente militante? La clave, entiendo, pasa por los muchos y poderosos intereses que ha afectado, algo que no han hecho ni por lejos los otros presidentes mencionados en sus países. Y también por los valores de una clase media que clama (con ira, ¡vaya curiosidad!) por la unión nacional y la concordia.
Quedarse en casa mirando la tele fue ayer mucho más estresante que circular por las calles de Buenos Aires.
La cobertura histérica de los canales de noticias registra pocos precedentes. Es natural que los medios reflejen casi como único tema, sobre todo la TV cuando se producen permanentemente imágenes aptas para su emisión, un episodio de gran resonancia. Lo de ayer, en cambio, llamó la atención: era un simple paro, un conflicto intersindical (ni siquiera salarial) y solamente había más autos en la calle y colectivos más llenos. Avisada, la gente se lo tomaba con calma. Verdadero tránsito lento de imágenes.
Si las coberturas no se comprendían en su intensidad, tono y duración, tampoco en sus elementos semiológicos. Pantalla partida, se mostraba el tránsito bajo el título “Así está Buenos Aires”; el problema es que lo que las cámaras captaban en la 9 de Julio o en Paseo Colón era un flujo de autos razonablemente fluido. ¿Qué se estaba mostrando entonces?
La transmisión sólo se interrumpía para dar cuenta de la “humillación” de la gente que hacía cola a las puertas de las sedes de la ANSES. Vecinas con los ojos llenos de lágrimas llevaban bolsas con cartones de leche para los niños, para reparar la injusticia que se les infligía, sin reparar en que el fondo de la cuestión pasa por la desprolijidad inevitable de implementar un plan de ingresos masivo, revolucionario y destinado a incorporar a millones de personas a la sociedad.
Hemos descubierto una vocación muy marcada de los grandes medios por los pobres. Recordémosla para reclamarla en el futuro.
Un día antes, el lunes, una agencia noticiosa de Santa Cruz informó que los Kirchner se habían hecho llevar los diarios en un avión de la flota presidencial a El Calafate, con total desprecio por el costo que eso suponía para los contribuyentes. Nadie está libre del disparate, y si así fueron las cosas sólo merecen repudio, pero la versión no parece verosímil. En cualquier caso, lo que llamó la atención fue cómo conductores radiales de prosapia progresista preguntaban a sus oyentes a modo de consigna “si piensan que eso es cierto o no”. Previsible: los oyentes de esa radio furiosamente anti K respondían casi a coro que “los Kirchner son capaces de eso y de mucho más”. ¿Qué clase de periodismo es ése? Se supone que el periodista debe informar, chequear si tiene dudas antes de difundir una noticia, no preguntarle a la gente sus sensaciones sobre un hecho que, un rato después, el propio conductor calificó como poco convincente.
Mientras, si los grandes medios se hicieron socialistas en su sensibilidad por los pobres, su gran cámara continental, la Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) descubre las bondades de la democracia y la libertad de expresión. En buena hora. Lo lamentable es que la opinión de medios perjudicados por la sanción de leyes antimonopólicas no sea exhibida como una postura esperable sino como un juicio neutral.
Hace un año y medio se discutía si la Mesa de Enlace era o no destituyente. El mal clima permea hoy a otros sectores del empresariado, a parte de la prensa y a amplios sectores de la población cuya conversión a la democracia no sólo ha sido tardía sino que ahora se prueba incierta.
Cabe preguntarse cómo llegó el gobierno a este estado de cosas, a ser acusado de fomentar la crispación justamente por quienes han convertido la política es un escenario de guerra. Se dirá con razón que ha tocado demasiados intereses (grandes productores agropecuarios, casas matrices de empresas privatizadas, tenedores de títulos de la deuda, Iglesia, medios de comunicación concentrados… y siguen las firmas). Es cierto también que ha cometido errores gruesos, con el manejo inicial de la crisis con el campo como hecho fundante y emblemático de la administración de Cristina Kirchner. También que pudo y debió ser más dialoguista y republicano, que no debió quedar enredado en los manejos de figuras como Ricardo Jaime o Guillermo Moreno (bien distintas entre sí, pero igualmente polémicas), o en hechos nunca aclarados debidamente como Skanska, la valija de Antonini Wilson o el crecimiento del patrimonio presidencial. El INDEC (y la elevada inflación que complica la lucha contra la pobreza como su contracara) es otra mácula grande, qué duda cabe. Pero también es verdad que ha hecho mucho por la capacidad de consumo de la clase media que hoy en buena medida le da la espalda, que manejó aceptablemente la crisis internacional, que ha hecho muy fuerte inversión social, que ha generado alto crecimiento y creado millones de empleos, que terminó con la farsa de las AFJP, que elaboró una buena ley de medios, que tuvo una excelente política de derechos humanos, que acaba de imponer el logro histórico de un ingreso universal para la niñez… Buenas y malas, como en la vida.
El alabado Lula da Silva ha tenido escándalos peores que los citados, que se va con una popularidad récord. Michelle Bachelet empezó muy mal, pero torció el rumbo y hoy es aclamada. Tabaré Vázquez, con sus más y sus menos, parece un indiscutible. Repito (y completo) la pregunta: si este gobierno ha tenido claros y oscuros como todos, ¿por qué tiene niveles de popularidad (expuestos el 28-J) tanto más bajos que sus contrapartes de la región? Y más, ¿por qué el rechazo es tan implacablemente militante? La clave, entiendo, pasa por los muchos y poderosos intereses que ha afectado, algo que no han hecho ni por lejos los otros presidentes mencionados en sus países. Y también por los valores de una clase media que clama (con ira, ¡vaya curiosidad!) por la unión nacional y la concordia.
La concordia… ese velo translúcido que oculta mal el odio de muchos por el que hay que excluir y el deseo de inmovilismo más recalcitrante.
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada