El acuerdo entre la Argentina e Irán para que el juez Rodolfo Canicoba
Corral y el fiscal Alberto Nisman indaguen en Teherán a los iraníes acusados
por la voladura de la AMIA que tienen pedido de captura internacional se
concreta en un momento internacional particular, en el que todos los vientos
del mundo convergen sobre la República Islámica.
Esa movida
diplomática no es la única en la que está empeñado el régimen islamista en
estos días decisivos. Por un lado, su presidente, el provocador negacionista del
Holocausto Mahmud Ahmadineyad -quien
felizmente saldrá de escena en junio, con las elecciones a las que ya no podrá
presentarse-, viajó a Egipto con la idea, difícil de concretar, de cerrar tres
décadas de enfrentamiento con la principal potencia sunita del mundo islámico.
Por el otro, y de modo más relevante, Teherán y el Grupo 5+1 -los cinco miembros permanentes del Consejo de
Seguridad más Alemania- pusieron fecha ayer al reinicio de las negociaciones
sobre el sospechado plan nuclear persa: será el martes 26 en Alma Ata,
Kazajistán.
Se llegó a esta
posibilidad a partir de una invitación explícita realizada por el
vicepresidente estadounidense, Joe
Biden, hombre con una voz sonora en las relaciones internacionales de su
país. El guante fue rápidamente recogido por canciller iraní, Alí Akbar Salehi, el mismo que cerró
aquel memorando con Héctor
Timerman. Parece que la Argentina no es la única que se sienta a
dialogar con ese Estado paria cuando los intereses aprietan.
Benjamín Netanyahu mira con un sentimiento más fuerte que el recelo la
movida, en una medida mucho mayor incluso que el acuerdo argentino-iraní. Es natural: no se cansa de repetir que
un Irán nuclear supone una "amenaza existencial" para el Estado
judío.
No sorprende,
entonces, que el recién reelecto premier israelí haya insistido ayer en ligar
al movimiento libanés Hizbulá -un partido político con un poderoso brazo
militar-, acusado por Bulgaria del atentado del año pasado en Burgas, con la
República Islámica. Se sabe que el primero, chiita como el régimen de los ayatolás, recibe privilegiada asistencia
financiera y política de éste.
Hizbulá e Irán son,
asimismo, los principales sospechosos del atentado de 1994 a la AMIA y,
también, de su preludio ominoso, el que dos antes había demolido la embajada
israelí en Buenos Aires, hecho del que ya casi nada se habla.
Los pedidos de
captura internacional que aceptó Interpol en 2006 alcanzaron a cinco de los
ocho iraníes acusados en la causa AMIA; el sexto fue un libanés, Imad Fayez Mughniyah, señalado como el
encargado del aparato de terrorismo internacional de Hizbulá. Lamentablemente
no podrá responder: en 2008 murió al explotar el auto en el que se desplazaba
por Damasco.
Una coincidencia -¿coincidencia?- macabra vincula Burgas con Buenos
Aires: el ataque del año pasado contra un autobús lleno de turistas israelíes
se produjo cuando aquí se recordaba el 18° aniversario de la peor masacre terrorista de
la historia nacional.
Netanyahu asocia a
Hizbulá con Irán con razón, pero apunta a algo más: busca presentar al régimen
islamista como un peligro para el mundo que, en caso de dotarse de "la
bomba", podría facilitarla a sus aliados terroristas con consecuencias
inimaginables.
Frustrado con la insistencia dialoguista de Barack Obama, Netanyahu
empuja por un golpe militar contra las instalaciones atómicas iraníes para este
mismo año. Antes que un
utópico reinicio del diálogo de paz con los palestinos, esa cuestión espinosa
centrará el diálogo entre estos dos enemigos íntimos cuando el demócrata llegue
a Israel el 20 de marzo.
Un "ataque
preventivo" inconsulto arrastraría sin remedio a Estados Unidos a una
guerra que se resiste a librar, al punto que el jefe del Pentágono designado, Chuck Hagel, debe rendir cuentas en
las audiencias de confirmación en el Senado de sus antiguos dichos poco
proisraelíes y escépticos sobre la conveniencia de las sanciones contra Irán.
Con todo, no debe descartarse que la cuestión pase primero por el Consejo de
Seguridad, donde la Argentina ocupa un asiento en este año clave en carácter de
miembro rotativo.
No se debe exagerar
la importancia del voto nacional en esa eventualidad -se sabe que el caldo se
cocina en instancias superiores-, pero tampoco hay que minimizar la necesidad
iraní de sumar todas las voluntades posibles para, en última instancia, restar
legitimidad política a una acción en su contra decidida por las grandes
potencias. En esta clave hay que leer el diálogo que aceptó mantener con
nuestro país.
Mientras, en este vendaval de interesas tirita
la esperanza de justicia de los seres queridos de los 85 muertos en la AMIA.(Nota publicada en Ámbito Financiero).
