viernes 27 de enero de 2012

Dislate de Cameron: el Reino Unido mantiene 10 colonias en el mundo

 Si, como sostienen las personas que no nos quieren del todo bien en los países vecinos, los argentinos somos soberbios, será porque ese rasgo va en paralelo a una autocrítica permanente y feroz. Acaso nuestra autoestima, largamente vapuleada, necesita de exageraciones compensatorias.
Dejemos esa tarea para los psicólogos, pero reconozcamos que, en nuestra autocrítica inclemente, solemos adjudicarnos la exclusividad de la falta de seriedad. Se sabe que los estadounidenses y los británicos, entre otros (y, más recientemente, hasta los chilenos, uruguayos y brasileños) les parecen a muchos compatriotas tanto más solventes que nosotros. Quienes piensen así se habrán sorprendido cuando el primer ministro británico, David Cameron, dijo hace nueve días que la postura argentina sobre Malvinas, al no reconocer el derecho de los dos mil kelpers a imponer su voluntad en el conflicto, era «colonialista». Súbitamente, el bananerismo se instaló en el centro de aquellas admiraciones.
El Gobierno estaba obligado a responder, y así lo hizo, para no dejar flecos sueltos en su ofensiva diplomática, una de las pocas políticas de Estado que nos quedan, si no la única, lamentablemente. Fuera de ello el disparate fue tan grande que apenas podía motivar una sonrisa irónica.
Basta mirar el mapa que acompaña estas líneas. De los dieciséis territorios que el Comité Especial de Descolonización de Naciones Unidas urge regularizar (sin éxito por el momento, tal el desprecio de Londres por el Derecho Internacional), diez están bajo control británico, entre ellos Malvinas, desde ya.
No se trata de un mero dato estadístico, que podría sumarse al del 20% del mundo que dominaba el Imperio Británico en las postrimerías de la Primera Guerra Mundial o las cerca de ocho docenas de «territorios de ultramar» de principios de los años 40. Cameron debería saber que el colonialismo puesto en marcha en el siglo XVI fue parte inescindible del ascenso económico de Inglaterra y de su Revolución Industrial.
Si Karl Marx fue un muy mal pronosticador, al menos le reconoceremos méritos en cuanto a la disección que hizo del capitalismo inglés. Bastará, en ese sentido, repasar algunas páginas de El Capital para comprobar que el colonialismo fue, junto a la trata de esclavos y la liberación de los séquitos feudales (con sus correlatos de creación de un mercado libre de tierras y de trabajo) fuente principal de la «acumulación originaria» que permitió aquella explosión económica. Cameron está en las antípodas de un concepto marxista pero sabrá que, además de un revolucionario y un crítico feroz del capitalismo, el alemán era, desde una perspectiva histórica, un entusiasta deslumbrado de la novedad que aquél había representado.
¿Pero qué busca el premier tory al agitar de modo tan pobremente chauvinista la cuestión Malvinas? Escaldado en estos tiempos de ajustes y polémicas, acaso pretenda mostrar autoridad. Algo políticamente «barato» si se trata de hacer pirotecnia con un país como la Argentina que, se sabe, no tiene ni entre sus posibilidades ni en su vocación ir a ningún choque armado. Igual que Margaret Thatcher. Sólo que si el precio que paga por hacer politiquería con la cuestión es más bajo que en 1982, también lo será la recompensa, ya que hoy dicha causa no mueve el amperímetro en la sociedad británica, más atenta a los preocupantes avatares de su gestión.
Pero además de restaurar el magullado orgullo imperial, el premier parece perseguir el blindaje de una promesa económica.
La petrolera Rockhopper ha convencido a algunos inversores de que ha detectado yacimientos de 500 millones de barriles de petróleo en aguas próximas al archipiélago, al punto que sus acciones subieron más del 40% en un año.
Pero los expertos todavía dudan. Más aún, el ministro de Energía y Cambio Climático, el liberal-demócrata Chris Huhne, dijo ayer en el Parlamento que «la exploración (petrolera) en aguas territoriales de las islas es decepcionante», aunque no descartó que su pronóstico pueda cambiar en el futuro.
Mientras, otro miembro del Gabinete, el viceministro de Defensa, Gerald Howarth, garantizó -también en Westminster- la defensa del archipiélago. Eso «es una preocupación que está extendida» en todo el Reino Unido «debido a la belicosidad de la Argentina», dijo, aunque reconoció que nuestro país «no tiene ni la capacidad ni la intención de repetir la locura de 1982». Si nuestro país no quiere ni puede agredir a nadie, ¿a cuento de qué viene esa «preocupación»? Concretamente, y eso es lo que motivó la pregunta que le hicieron, a los efectos del ajuste oficial en curso sobre la capacidad militar del país.
Además de 650 jóvenes valientes injustamente muertos, a la Argentina le está costando caro aquel dislate de la dictadura, uno más y seguramente no de los menores. Se perdió una guerra y eso los imperios lo cobran.
Pero no hay porqué ceder. Londres, parece, no está tan conforme con los hallazgos de Rockhopper. Se sabe que las colonias se restituyen cuando pasan a ser antieconómicas y no quedan más recursos que expoliarles.

(Nota publicada en Ámbito Financiero.

martes 24 de enero de 2012

¿Disuasión? Difícil apuesta contra la bomba atómica de Irán


La Revolución Islámica de 1979 supuso una vuelta de campana total en la política iraní. Donde había una monarquía, surgió una república. Donde predominaba el laicismo, emergió una teocracia. Donde había un alineamiento total con Estados Unidos, se comenzó a llamar a ese país «gran satán» y se lo confrontó abiertamente. Sólo dos, acaso, son las continuidades mayores entre ambas épocas: el carácter represivo del Estado y el plan nuclear.
En efecto, el programa atómico es una de las pocas (si no la única) política de Estado que pasó del Irán del sha a la revolución de los ayatolás. Una búsqueda algo curiosa en un país que, según las últimas estimaciones y considerando los hallazgos de petróleo no convencional, es dueño de las terceras reservas de crudo, sólo detrás de Venezuela y Arabia Saudita, con un 9% del total mundial. Hay, con todo, una diferencia sustancial entre el viejo y el nuevo Irán en materia atómica: el objetivo.
La monarquía persa lo puso en marcha en los años 50, con fuerte cooperación internacional, pública y privada, particularmente de su principal aliado, los Estados Unidos. Más tarde, en 1968, ratificó el Tratado de No Proliferación (TNP), por lo que su intento puede ser ubicado dentro de una tendencia de época en la cual el acceso y dominio de dichas tecnologías hacían al ADN del nacionalismo y las ideologías autárquicas en todas sus variantes.
La Revolución Islámica vino al mundo rodeada de enemigos y dotada de una ideología «evangelizadora», esto es con la misión de exportar el islamismo chiita adonde fuera posible. No sólo Estados Unidos e Israel consideraron al nuevo régimen una amenaza, sino también todos sus vecinos, musulmanes como Irán pero árabes y sunitas.
La brutal guerra Irán-Irak, la primera Guerra del Golfo, librada sin un vencedor concreto entre 1980 y 1988 con un saldo de un millón de muertos, fue, en buena medida, utilizada por Estados Unidos y las monarquías conservadoras de la región como un intento de frenar a la Revolución. Claro que entonces Sadam Husein era un aliado de Occidente y sus Fuerzas Armadas fueron equipadas generosamente por sus amigos, los mismos que, después de la Segunda Guerra (la que siguió a su invasión de Kuwait), terminarían por abandonarlo.
La liberación de ese pequeño Estado, obra de George Herbert Bush, fue continuada con una fuerte presión internacional en forma de sanciones económicas y, más tarde, en 2003, debido a los insondables entresijos de la mente de George Walker, por una invasión tan falsa en sus causas como ruinosa en sus consecuencias.
Estados Unidos se estaba equivocando de amenaza. La guerra en Afganistán era comprensible tras el 11-S, dada la protección del régimen talibán a Osama bin Laden. Pero la otra acechanza era Irán, no el dictador que terminó siendo encontrado en un agujero y ahorcado.
Lo concreto es que las invasiones de 2001 y 2003 generaron una situación en la que Irán se vio rodeado al este y al oeste por tropas norteamericanas. Con Israel en posesión de doscientas o trescientas bombas atómicas nunca declaradas al mundo y con la experiencia reformista de Mohamed Jatamí liquidada en 2005, volvió la hora de los más duros en Teherán.
Estados Unidos se ha ido de Irak, lo que no merma su influencia allí, y sigue en Afganistán. Sus portaaviones surcan el Golfo Pérsico. Sus reyes y emires aliados, para nada cortos de fondos por cierto, son armados hasta los dientes.
Las sanciones internacionales se están haciendo sentir, pero no hay registro de que ningún Estado cerrado haya renunciado a sus ambiciones nucleares, incluso a expensas del hambre de sus pueblos, algo de lo que la Unión Soviética, Pakistán y Corea del Norte son ejemplos flagrantes. El sentido de la apuesta es claro: favorecer las condiciones para un cambio de régimen. Algo difícil, por otra parte, dada la presta y varias veces comprobada disposición del régimen a reprimir a sangre y fuego las disidencias. La clave estará en China, el principal cliente de Irán, que definirá, si mantiene o cancela sus comprad de petróleo, si ese país sigue o no con el respirador artificial. La movida, en todo caso, no hará más que alimentar la sensación de ahogo del régimen.
«Occidente no le está dejando a Irán más opción que buscar el arma nuclear», dijo en El País del domingo Hosein Musavián, un personaje curioso que ha sido negociador atómico de su país, defenestrado en 2007 bajo cargos de espionaje, luego liberado y hoy residente en Estados Unidos, aunque sin que se lo pueda calificar como un disidente.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

lunes 21 de noviembre de 2011

Rajoy: ¿un liderazgo renovado o la próxima víctima política de la crisis?


Cuando Geir Hilmar Haarde se vio obligado a renunciar como primer ministro de Islandia en enero de 2009, el mundo se preguntaba hasta qué punto llegaría la crisis de ese pequeño y remoto país, donde acababa de reventar una burbuja especulativa que había llevado a la nacionalización de los tres principales bancos y a la bancarrota nacional.
El problema, se vio, no era un exotismo propio de uno de los eslabones más débiles y periféricos del llamado mundo desarrollado, y el efecto dominó continuó implacable. A aquél se sumaron, como víctimas políticas de los derrumbes, el letón Ivard Godmanis, el irlandés Brian Cowen, el portugués José Sócrates y el griego Yorgos Papandréu.
En España, José Luis Rodríguez Zapatero se vio obligado a adelantar los comicios y en Italia, tercera economía de la eurozona, irrescatable en términos financieros por su volumen, Silvio Berlusconi pagó por la presión de los mercados y de sus pares comunitarios las facturas que la sociedad no le pudo hacer honrar a raíz de sus innumerables y patéticas correrías.
Como se ve, la crisis, implacable, se ha revelado ideológicamente ecléctica a la hora de derribar gobiernos.
Todos aquellos, de salida ignominiosa, ya han sido reemplazados; Rodríguez Zapatero, el último, tras los comicios de ayer. Esto lleva a preguntarse por lo que espera a sus reemplazantes. ¿Sus sociedades terminarán consagrándolos en el altar de los salvadores de la patria o, por el contrario, los condenarán a correr la misma (mala) fortuna de sus antecesores, consumidos en una hoguera cada vez más voraz?
El italiano Mario Monti es hoy el mejor ejemplo de ese dilema de hierro. Una encuesta publicada ayer por el diario La Repubblica lo encumbró a un 83,8% de popularidad. Mientras, el final de la semana anterior logró un amplísimo apoyo en el Senado y en Diputados, sumando a una hasta ahora imposible coalición que va del centroizquierda al centroderecha. Por último, Berlusconi parece temerle tanto que condicionó su apoyo parlamentario a que el duro profesor y excomisario (ministro europeo) desista de competir en las futuras elecciones. Pero no todo brilla para Monti.
Los partidos que le juran amor no aceptaron jugarse e ingresar en su gabinete, como él quería. Debe ser muy alto el riesgo de quemarse para rechazar el deleite de manejar cajas políticas que, aunque menguadas, son si duda muy importantes. Esto siembra dudas sobre cuál será el compromiso que aquellos terminarán mostrando cuando las medidas de ajuste se hagan realmente dolorosas, el humor social (siempre tan veleidoso) cambie y Monti cruce las líneas rojas que le han trazado: el impuesto a la riqueza, derogado por «Il Cavaliere» hace tres años, para la derecha; una reforma laboral y jubilatoria demasiado radical para la izquierda.
Algo similar ocurre en Grecia. Otro sondeo, de la firma RASS, indicó ayer que el 81,9% de la población se declara satisfecho con la salida de Papandréu y la conformación de un nuevo Gobierno, técnico y de unidad como en Italia, a cargo de Lucas Papademos. ¿Durará?
Ya no por expediente administrativo como en los casos previos, sino por el valioso camino de las urnas, en España le llega el turno a Mariano Rajoy. Postergado en sus dos intentos anteriores, no es éste, seguramente, el contexto que había imaginado para cumplir su sueño.
¿Es consciente la mayoría que lo votó ayer de lo que se viene en términos de más ajuste y más flexibilidad laboral? ¿Responde ese respaldo a una apuesta consciente a la misma receta que la aplicada hasta ahora, sólo que con mayor radicalidad y un liderazgo legitimado, o a un mero acto reflejo de castigar al partido asociado al colapso (el socialista) y reemplazarlo por su contendiente habitual? ¿Había, acaso, propuestas alternativas, tanto políticas como intelectuales, capaces de resolver la cuadratura del círculo que supone la necesidad simultánea de mantener a España en Europa, no sacarla del euro, evitar quebrantos masivos en los bancos comprometidos con su deuda, achicar el déficit fiscal y volver a crecer?
«Mi prioridad, las pensiones. A partir de ahí, habrá que recortar en todo», le dijo el miércoles último Rajoy a El País. En esa entrevista y otros contactos con la prensa explicó que recortará en más de un punto y medio del PBI el déficit fiscal sólo hasta el año próximo, más de 17.000 millones de euros; que ello afectará «todas las partidas presupuestarias» y que obligará a «suprimir muchos organismos autónomos»; que mantendrá la quita del 5% dispuesta por el socialista Rodríguez Zapatero a los empleados públicos; que privatizará trenes, aeropuertos y emisoras de TV regionales, con el previsible impacto en el empleo; que abrirá la salud y la educación públicas al sector privado; y, claro, que abaratará todavía más el despido.
Sin tiempo para lunas de miel, se abre para Rajoy una loca carrera contra el tiempo. Para no morir políticamente en el intento cuenta con que el temor al abismo haga algo más tolerables las medidas impopulares que le tocará anunciar desde el primer día. Y, desde ya, que la recuperación de la economía se atisbe lo más rápidamente posible. Ya enfrenta en ese punto un problema: la actividad económica sigue en modo de electroencefalograma plano y el inicio de 2012, se descuenta, supondrá una recaída en la recesión que abultará el 21,5% de desempleo general y el 45% de juvenil que España soporta hoy.
Si tienen razón quienes dicen que esta crisis es equiparable a la de 1929, hoy estaríamos todavía en, digamos, un repetido 1932, asistiendo a la reiteración de las recetas contractivas que pretendieron entonces apagar las llamas con fuego.
Quedarían todavía por delante un pozo equivalente al de 1933, la recuperación, sólo incipiente, para un año más adelante y recaídas posteriores. El cambio de paradigma intelectual recién se impuso, entonces, en 1936, con la publicación de la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John Maynard Keynes. ¿Cuándo conoceremos el nuestro?
Mientras, la segunda generación de líderes de la crisis intenta hacer su camino. Para ellos y para todos, el túnel, todavía, luce largo y oscuro.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

miércoles 2 de noviembre de 2011

Democracia: esa palabra griega que Europa no entiende



Bastó que el primer ministro de Grecia, Yorgos Papandréu, anunciara la realización de una consulta popular sobre el último acuerdo con la Unión Europea para que una andanada sin precedentes de amenazas y presiones recorriera ayer todo el continente.
Nicolas Sarkozy defendió el pacto que se revisará como «la única vía posible para resolver el problema de la deuda griega». Voceros de la coalición de Gobierno de Angela Merkel calificaron de «irritante» y «curiosa» la decisión del socialista. José Blanco, vocero de José Luis Rodríguez Zapatero, dijo que la medida «no es buena para Europa». La ministra irlandesa de Asuntos Europeos, Lucinda Creighton, habló de una «bomba» que, afirmó, genera «mucho malestar».
Más directo (si eso es posible), el premier de Luxemburgo y titular del eurogrupo, Jean-Claude Juncker, advirtió sobre la quiebra inminente de ese país y el presidente del Banco Mundial, Robert Zoellick, vaticinó que un triunfo del No en el referendo desatará el «caos». Los griegos ya quedan debidamente avisados de que la libertad es hoy un lujo que no se pueden permitir.
No cabe, a esta altura de los acontecimientos, hacerse el distraído: un eventual rechazo popular al segundo paquete de 130.000 millones de euros y a la quita del 50% de la deuda griega supondría un terremoto para la economía mundial. Sin embargo, llama la atención la liviandad con la que muchas de las principales autoridades mundiales descalifican como nocivo el recurso a la voluntad popular.
Allí radica uno de los dramas de la construcción europea, otrora tan alabada: la toma de decisiones a nivel del bloque supone una transferencia de soberanía desde los Estados nacionales que, en momentos de crisis, se torna incompatible con los parámetros mínimos de una democracia.
Más allá de las elecciones para el Parlamento Europeo, de funciones más que recortadas, no existe propiamente un Gobierno comunitario. Así, son las administraciones nacionales las que pagan los costos políticos de las decisiones dolorosas.
Este déficit de democracia (palabra griega, obviamente; ¿será que el resto de Europa no entiende esa lengua?) hace que cada vez más ciudadanos de los 27 países de la UE, y de los 17 de la eurozona, sientan que el proceso de integración los ignora, no atiende sus demandas y constituye una arquitectura lejana que privilegia invariablemente los intereses de las grandes finanzas y las corporaciones. ¿Puede sorprender que el movimiento de los «indignados» se extienda ya por toda Europa e, incluso, al otro lado del Atlántico?
En medio del salto mortal de los mercados desde el segundo subsuelo al tercero (para añadir dramatismo, hasta hubo que internar por «dolor abdominal» al ministro griego de Finanzas, Evangelos Venizelos), la histeria antigriega se desató ayer en las principales capitales europeas. Semejante estado de ánimo ignoró que la apelación al aval popular es más que razonable, habida cuenta de los sacrificios indecibles que se vienen imponiendo a los griegos, para colmo, sin que los mismos sirvan, siquiera, para cumplir con el propósito declarado de reducir el déficit fiscal. Película repetida: los sucesivos ajustes no hacen más que transformar las recesiones en depresiones, perforando cada vez más las arcas fiscales que se pretende salvar. No debe extrañar, así, que trabajadores sometidos a despidos masivos, recortes brutales de sus salarios y pensiones, una devastación de los programas sociales, impuestazos cada vez más impiadosos y, cuando osan protestar, dura represión, duden de las bondades de un nuevo «rescate» y de una poda de la deuda que, en tanto dejará al final del día los compromisos del país en un impagable 120% del PBI, parece más destinada a «salvar» a los bancos acreedores que a los ciudadanos comunes.
Por otro lado, los líderes comunitarios no repararon en que la movida de Papandréu no responde a un súbito redescubrimiento de las bondades de la democracia. Hasta el lunes, de hecho, el hombre había hecho todos los deberes que le pidieron. Todos, hasta que una rebelión dentro de su propio partido acentuó la salida de diputados hartos de levantar la mano sin preguntar y puso a su Gobierno al borde del abismo. Anoche, la cuenta de las voluntades de una supuesta mayoría oficialista se detenía en 152 sobre 300 legisladores. Y a la baja...
Más encaprichado con las modelos jovencísimas que en resolver los desacuerdos dentro de su alianza y la crítica situación financiera de su país, otro que tambalea es Silvio Berlusconi. Si el peor escenario se da en Grecia y triunfa allí el rechazo al enésimo ajuste y «rescate», ¿cuánto se agravaría la situación europea con la caída del Gobierno en Italia y la apertura de una transición que no haría más que demorar las medidas de ajuste que, allí también, se exigen a gritos?
España, otro de los PIGS, parece encaminada a resolver de un solo golpe su coyuntura política. El próximo domingo 20 a la noche, Mariano Rajoy será el presidente del Gobierno electo con mayoría en el Parlamento. El colapso del PSOE es más que anunciado, pero el previsible voto castigo a los rigores que impuso en el último tiempo para evitar un colapso peor que los cinco millones de desocupados y el 21,5% de pobreza pronto se traducirá en otra decepción para los electores.
Rajoy, extrañamente no escuchado por votantes que ya no saben dónde queda la salida, no oculta que su receta será más austeridad y más flexibilidad laboral, cueste lo que cueste.
La rápida evaporación del apoyo popular que experimentó el británico David Cameron al anunciar un megaajuste a poco de llegar al poder puede llegar a parecer una eternidad al lado de lo que parece esperarle a Rajoy.
En la Europa de hoy no ganan ni los que ganan.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

viernes 21 de octubre de 2011

Gadafi muerto, otra lección de democracia


Aunque esperada, la noticia sacudió ayer al mundo poco antes de las 8 de la mañana hora argentina: Muamar el Gadafi, el monstruo que tiranizó a Libia durante 42 años, había sido capturado. Presentaba heridas en sus piernas, se dijo, pero estaba vivo.
Poco después se informó que había muerto debido a la gravedad de las lesiones. Más tarde, que el deceso se había producido en realidad en un enfrentamiento. La existencia de versiones tan encontradasyty cruzadas puede ser natural en una alianza heterogénea como el Consejo Nacional de Transición, pero la desconfianza quedó instalada.
Las dudas se transformaron en algo más al cabo de pocas horas, cuando ese caos que es el CNT permitió que las pandillas armadas que lo habían atrapado en Sirte tomaran, alegres, cuantas fotografías quisieran y hasta videos de Gadafi, en los que éste aparecía no sólo vivo, sino de pie y caminando por sus propios medios.
Por si eso fuera poco, un «testigo de alto rango del CNT» declaró a la irreprochable agencia Reuters que «ellos lo capturaron vivo y mientras era trasladado lo golpearon y luego lo mataron». En las imágenes se escuchan gritos de «¡manténganlo vivo!», tras lo cual se oyen disparos y la cámara se desvía, prosigue Reuters.
Poco después, la extraña danza de informes sobre captura, heridas y fallecimiento se repitió con dos de los hijos del exdictador, Mutasim y Saif al Islam. Tantas ejecuciones en un solo día no son un augurio favorable para la construcción de una democracia plena como la que se promete.
Desde Barack Obama hasta Nicolas Sarkozy, pasando por Silvio Berlusconi y David Cameron, Occidente saludó la noticia y se congratuló por el futuro luminoso que aguarda a la nueva Libia. Reacción comprensible de los líderes de una alianza como la OTAN que buscó desde el principio la eliminación física de Gadafi (de hecho, su convoy fue atacado ayer inicialmente desde aviones franceses y estadounidenses), pese a que ningún párrafo de la Resolución 1.973 del Consejo de Seguridad autoriza semejante cosa. Y entendible por partida doble en el caso de Obama, un hombre cada vez más extrañado del premio Nobel que supo ser, acostumbrado como está al expediente de la eliminación física de los enemigos sin juicio previo, como ocurrió en otro aparente caso de quema de archivo: el de Osama bin Laden.
A no confundirse: el libio y el saudita murieron en su ley. Pero la ley es justamente lo que las naciones civilizadas pregonan para el mundo, aunque, como se ve una vez más, sin predicar con el ejemplo.
Sin demora, voceros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte se apresuraron a afirmar que, dados los acontecimientos, la alianza declararía hoy mismo el final de sus operaciones en Libia. Curioso: ¿no sería mejor desarmar a las milicias gadafistas, asegurarse de que no habrá represalias o nuevos combates, que el país está verdaderamente pacificado y los civiles, a salvo, tal el noble encargo de la 1.973? Alguna mente suspicaz podría sospechar que el espectáculo vejatorio que exhiben aquellas imágenes, y el linchamiento espeluznante que no muestran pero sugieren, obligan a tomar toda la distancia posible de socios tan impresentables, por cuyo comportamiento futuro cabe plantear el más angustioso de los interrogantes.
Igual de impresentables que el propio difunto, por caso, quien pasó de revolucionario carismático en su golpe del último año de la década de 1960 a fanático antiisraelí y antiimperialista en los 70, promotor del terrorismo y «perro rabioso» según Ronald Reagan en los 80, contumaz protector de los atacantes del avión de Pan Am en los 90 e «hijo pródigo» de Occidente que abjuró de la violencia, indemnizó a sus víctimas, canceló su plan nuclear y permitió buenos negocios a las grandes petroleras en el nuevo siglo.
Freno para Al Qaeda, además, según sus otrora defensores internacionales, dueño de métodos eficaces para hacer interrogar como se debe a los sospechosos de terrorismo que la CIA «tercerizaba» en las mazmorras del Tercer Mundo tras el 11-S, Gadafi fue armado por Occidente hasta semanas antes de la revolución de febrero.
La apresurada condena de Sarkozy, Berlusconi y Obama a la masacre que ordenó entonces contra su propio pueblo (una más, en verdad) y su resistencia a renunciar hicieron temer a aquellos por las cuantiosas inversiones de Total, ENI, British Petroleum, ConocoPhillips, ExxonMobil, Chevron, Occidental, Royal Dutch Shell y Repsol, entre otras. Hubo que salir a defender la libertad, la misma que es ignorada olímpicamente en Siria, Irán y otras satrapías feroces.
Ahora sí, cayó y ya no puede volver. El CNT acaba de anunciar que revisará todos los contratos de petróleo y gas de la era Gadafi; China, Rusia y Brasil se revuelven ante el temor a que el examen lleve, como ya se sugirió, a premiar sólo a quienes apoyaron la revolución desde el comienzo. La OTAN podrá alejarse pronto, pero otras manos pasarán más temprano que tarde a cobrar los servicios prestados.
Mientras, los monstruos de Damasco, Teherán y demás capitales sometidas sacan otra conclusión: no es una buena idea renunciar al terrorismo y a las armas nucleares. Suponen que Occidente suele olvidar fácilmente los gestos amigables.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

martes 18 de octubre de 2011

Medio Oriente: los más duros se hacen fuertes con el canje




La liberación de más de un millar de presos palestinos, muchos de ellos condenados a perpetuidad por graves atentados terroristas contra civiles, a cambio de un soldado secuestrado en Gaza fue una jugada de alto riesgo para Benjamín Netanyahu, pero todo indica que su consumación supondrá para él un resonante triunfo político.
Aunque en Occidente se desconocen muchas veces las peculiaridades de la política israelí y, por eso, se exageraba la merma de popularidad del Primer Ministro, es cierto que su Gobierno de coalición arrastraba dificultades importantes.
Aunque la economía hebrea viene resistiendo a pie firme el vendaval internacional y exhibió en 2010 y en que va de 2011 tasas de crecimiento próximas al 5%, una pobreza cercana al 25% de la población y las cada vez mayores estrecheces de la clase media generaron un movimiento social de protesta como pocas veces se había visto. Así, las manifestaciones de "indignados" de los últimos meses llegaron a reunir a casi medio millón de personas, una enormidad en un país de 7,5 millones. Las demandas en pos de una extensión de la educación pública, de una política de vivienda amplia y asequible y de una reducción de la brecha entre ricos y pobres dejaban de lado, por fin, las cuestiones ligadas a la seguridad frente al terrorismo y asemejaban a Israel a un país como los demás.
El auge de dicho movimiento coincidió con una caída de la popularidad de Netanyahu a poco más del 30%, una luz de alerta pero no una catástrofe en un sistema parlamentario y políticamente muy fragmentado como el hebreo, que requiere de la conformación de coaliciones para la consagración de sus gobiernos. Con todo, los traspiés del premier en materia diplomática magnificaban, puertas afuera de Israel, esa sensación de fragilidad.
La relación con Barack Obama es, para ambos, forzada e hija de la necesidad. Para el israelí, dada la dependencia de Estados Unidos en materia de seguridad y respaldo político; para el norteamericano, debido a la importancia de los grupos de presión y del electorado judíos. Pese a ello, han protagonizado más de un choque, y el mantenimiento de una alianza tradicional no ha evitado que la Casa Blanca amonestara pública y repetidamente al Estado judío por su política de expansión de los asentamientos en Cisjordania y Jerusalén oriental.
El último capítulo de esta disputa se produjo el 27 de septiembre último, a propósito de la decisión de construir un millar de viviendas en la zona árabe de esa ciudad, una movida que, de hecho, inviabilizaba cualquier posibilidad de diálogo de paz con los palestinos. Por si eso fuera poco, comenzó a discutirse abiertamente una posible legalización masiva de construcciones realizadas en zonas palestinas y consideradas clandestinas incluso por la ley israelí. ¿Cómo pretender una negociación en serio cuando la persistencia de esa política a través de los años, que ha tenido singular fuerza desde los 90, tiende a reducir casi al absurdo el territorio donde debería surgir un Estado palestino?
La movida coincidió, hay que recordarlo, con el pedido de Palestina para que la ONU la acepte como miembro pleno. El tema duerme, por ahora, en el Consejo de Seguridad y pone a Washington ante la incómoda tarea de amenazar con imponer un veto a los derechos de un pueblo árabe mientras contribuye con bombardeos en nombre de los de otro, como el libio.
Se decía entonces, y con razón, que Israel ahondaba su aislamiento internacional. Hasta la Casa Blanca lo señalaba, habida cuenta de sus dificultades para contener la ola de simpatía que el pedido del presidente Mahmud Abás despertaba en más de un centenar largo de gobiernos.
Fue, justamente, el discurso de Netanyahu ante la Asamblea General, a fines del mes pasado, el punto de inflexión para su imagen. La mezcla de invitación a negociar (retórica, por lo que se ve) y de firmeza contra al reclamo palestino cayó bien en su país, y su popularidad saltó casi diez puntos hasta un 41%, de acuerdo con una encuesta publicada por el diario Haaretz. Este, de tendencia progresista, indicó incluso que, si se votara ahora, la actual coalición de Netanyahu, que integran su partido Likud y agrupaciones de la derecha nacionalista y religiosas, no tendría problemas en retener una clara mayoría. Los comicios están previstos para 2013.
Desde el martes 10, con la obtención de la liberación del sargento Guilad Shalit, aquel repunte resultará, a no dudarlo, mucho más contundente. El tema es causa nacional en Israel, tanto que, para resolverlo, la sociedad está dispuesta en casi un 80% a asumir el riesgo práctico de seguridad y el dilema moral de liberar a terroristas convictos, responsables de atentados horrendos contra bares, colectivos y otros objetivos civiles. La queja de los sobrevivientes y de los deudos de los inmolados es un dato relevante, conmovedor, pero que no vuelca la balanza de la opinión pública.
Por si eso fuera poco, también la semana pasada (verdaderamente brillante para Netanyahu), Obama le regaló otro triunfo preciado: la denuncia de un complot iraní en Washington acerca más al demócrata a la línea dura y hace más creíbles las amenazas de acciones militares contra objetivos nucleares en la República Islámica, ampliamente sospechados de tener fines militares. Una salida que Israel alienta, absolutamente descreído de la eficacia de las sanciones económicas y políticas.
La política inflexible del premier puede causar perplejidad en Occidente, pero le empieza a dar muy buenos dividendos en lo doméstico, algo elocuente sobre el giro ideológico que ha experimentado la sociedad israelí desde que se hizo patente el agotamiento del proceso de paz iniciado en Oslo en 1993.
El problema es que, al otro lado de una de las fronteras ccidentales del país, Hamás sigue reinando en la Franja de Gaza, donde su liderazgo no logró ser socavado decisivamente por el bloqueo impuesto por Israel. Y que ese grupo político-religioso-terrorista también obtendrá un triunfo neto con el canje de prisioneros.
Muchos de los más de mil liberados pertenecen a la facción palestina rival de los islamistas, Al Fatah. Sus familiares no han dejado de agradecer en los últimos días a Hamás por la gestión, en la que este mostró "magnanimidad" hacia el frente interno al no privilegiar la obtención de beneficios para sus propios cuadros. Con los fastos preparados para hoy para recibir a los "héroes", sus dirigentes disfrutarán, a no dudarlo, de una explosión de popularidad seguramente mayor que la del propio Netanyahu. Erradicar del corazón de una mayoría de los palestinos a ese grupo violento, por ahora totalmente refractario a reconocer al Estado judío, será todavía más difícil a partir de ahora.
¿En qué dinámica inquietante sigue entrampado Medio Oriente, que hace que los enemigos más irreconciliables, los menos favorables a una solución negociada, saquen tanto partido de sus acuerdos de guerra? Una pregunta que da mucho que pensar.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).

viernes 14 de octubre de 2011

Batlle, Mujica, Tabaré y ahora Lacalle: fila para pegarle a la Argentina


Primero fue Jorge Batlle (2000-2005), con su antológico «los argentinos son una manga de ladrones, del primero al último». Luego, frente a su expar Eduardo Duhalde, lloró para la televisión de nuestro país, pidió perdón y sorprendió a su anfitrión ante la llegada de más periodistas con un pícaro: «Si te parece, lo hacemos de vuelta».
Más tarde fue el actual presidente, José Mujica, quien, recurrente, la emprendió a través de los años contra
la «porteñada» que invade cada año Punta del Este; contra los peronistas «patoteros», los radicales «nabos», los dirigentes del campo «burros», todos los demás, «unos histéricos», y una institucionalidad que, en esta orilla del charco, «no vale un carajo». Esto, claro, sin agotar la lista.
Tres días atrás le llegó el turno a Tabaré Vázquez (2005-2010) quien, imaginando una «guerra del papel» con Argentina, le pidió protección a George W. Bush, garante, según él, del «derecho internacional». Curiosas ambas cosas, lo de las garantías de Bush en una materia que le es tan esquiva y lo del derecho internacional, el mismo que, según la Corte de La Haya, violó su Gobierno al autorizar, sin las debidas consultas bilaterales, la instalación de Botnia en Fray Bentos. Se justificó, claro, en amenazas tales como que «los piqueteros (NdR: los ambientalistas de Gualeguaychú) dijeron que vendrían a manifestar a Uruguay, que hubo quien dijo que iba a venir con dinamita, amenazaron con ocupar la planta de Botnia, los militantes de Greenpeace se manifestaron en el río y tiraron al agua a un oficial de Prefectura, entre otros hechos». Cabe preguntarse qué habría hecho el asustadizo socialista de haber contado con recursos militares superiores.
Salvando la honrosa excepción de Julio María Sanguinetti (1985-1990 y 1995-2000), faltaba uno solo de los presidentes uruguayos posteriores a la restauración democrática: Luis Alberto Lacalle (1990-1995). Su turno llegó ayer, cuando salió a darle afecto a un Vázquez que acababa de inmolarse políticamente (algo en lo que pocos creen) y a pegarle a la Argentina en clave de un curioso revisionismo histórico.
«Más allá de detalles sobre las Fuerzas Armadas que (el frenteamplista) podría haberse ahorrado, el tema se centra en lo que se debió hacer y el revelarlo a destiempo», dijo. «Se actuó correctamente ante posibles actos de agresión, que no pueden simplificarse».
Luego avanzó sobre la Historia. «Nuestro país nació a pesar de los vecinos, como un acto de voluntad, de deseos de ser algo distinto. No le fue fácil, ni los grandes países que se formaron a nuestro lado lo aceptaron de buen grado durante casi todo el siglo XIX. Luego no nos han hecho la vida muy fácil, especialmente la Argentina», señaló.
No hace falta profundizar demasiado en la Historia para constatar la consecuente voluntad de José Gervasio Artigas por mantener la Banda Oriental dentro de la unidad territorial que, tras la Revolución de Mayo, intentaba articularse desde Buenos Aires. La presión brasileña por expandirse hacia las tierras fértiles del sur templado instaló con el tiempo un complejo conflicto con Buenos Aires, que terminó con la independencia oriental. «Yo, José Gervasio Artigas, argentino nacido en la Banda Oriental», terminaba el testamento del héroe, según recordó el médico e historiador Omar López Mato en una entrevista realizada por Máximo Soto y publicada en este diario en la edición del miércoles.
El tema de la nacionalidad es un verdadero dolor de cabeza para la mayor parte de los países latinoamericanos. El surgimiento de las identidades nacionales desvela todavía a los historiadores de los diversos países, quienes, por caso en el nuestro, luchan con el enorme peso de los fundacionales escritos de Bartolomé Mitre. Este, además de intelectual, un político consciente de la conveniencia de crear un Panteón de héroes y un relato «nacional» para el Estado naciente, hundió la cuestión como causa motriz en los albores de 1810, cuando lo nacional, construcción del Romanticismo, no podía, ni siquiera, estar en la agenda. ¿Qué festejamos cada 25 de mayo?: la historia mitrista. La densa trama de conflictos que, como se sabe, fundaron la legitimidad del primer Gobierno patrio en la lealtad a Fernando VII, sigue, por problemática, ausente de las aulas en las que se educan las nuevas generaciones de argentinos. Pues bien, la «nacionalidad» uruguaya es, desde lo histórico, aún más complicada, pero Lacalle la resolvió de un plumazo.
Llama la atención el empecinamiento de los principales líderes políticos uruguayos en jugar la carta chauvinista con la Argentina; será que «paga» políticamente. No es el nuestro un país de ángeles, desde ya. Pero sí es uno que ha recibido a cientos de miles de orientales, más que como a extranjeros bienvenidos, como a gente de la misma sangre.
Cuando, ante la nueva frustración futbolera argentina y el avance uruguayo en el último Mundial, el apoyo a la «celeste» era clamor en nuestro país, Eduardo Galeano resumió muy bien la cuestión: «Es un amor que no merecemos», dijo. El fútbol, que tanto nos separa y tanto nos une, parece haber dejado una clave.

(Nota publicada en Ámbito Financiero).